Semillas de Esperanza
En un barrio humilde, una pareja con dos hijos pequeños se enfrentaba a una situación de extrema pobreza, muchas veces pasando hambre para que sus hijos pudieran comer.
Inspirados por un video cristiano que les devolvió la esperanza, oraron por una solución. Poco después, una joven de ADRA Venezuela llegó a su comunidad haciendo encuestas para identificar a las familias más necesitadas; días más tarde, el equipo de ADRA les informó que habían sido seleccionados. Esta ayuda les permitió comprar semillas de cilantro, dando así un pequeño paso hacia su sueño de vivir de la tierra cultivando sus propios alimentos.
Gracias al apoyo de ADRA, sus hijos están más sanos y la familia ha recuperado la fe y la esperanza en un futuro mejor.
En la comunidad La Fundación, la vida no siempre ha sido fácil. Algunos vecinos cultivan limón y aguacate, otros crían gallinas, cerdos y vacas para sobrevivir. Mi esposo y yo siempre tuvimos un sueño sencillo pero profundo: sembrar nuestra propia tierra, ver brotar de ella el sustento para nuestros hijos, y poco a poco salir adelante. Sin embargo, hasta hace poco, ese sueño era solo una ilusión lejana, algo que hablábamos entre suspiros en medio de las dificultades.
Hace unas semanas, mi esposo y yo vimos un video cristiano que nos conmovió el corazón. En él, un mensaje decía que lo que uno espera con fe, pronto llegará. Mi esposo me miró y dijo:—“Mira, este video dice que lo que estamos esperando ya viene pronto”. Con lágrimas en los ojos, le respondí:—“Hay que creerlo, en el nombre poderoso de Jesús, así será”.
Por esos días, nuestra situación era desesperada. Muchas veces solo lográbamos comer una vez al día. En más de una ocasión, mi esposo y yo decidimos no probar bocado para que nuestros dos pequeños
comieran. Recuerdo verlos sentados a la mesa con un plato de pasta blanca —a veces lo único que teníamos— y sentir cómo el hambre apretaba el estómago, pero el amor de padres nos hacía resistir. A veces, para no ver sus caritas de tristeza, inventábamos juegos para distraerlos mientras el estómago nos rugía. Incluso tuvimos que pedir comida prestada a mi cuñada para poder subsistir.
Dos días después de ver aquel video, como una respuesta a nuestra oración, llegó una joven de ADRA Venezuela. Nos saludó con una sonrisa cálida y nos explicó que estaba haciendo encuestas de necesidades para conocer los casos de nuestra comunidad. Le contamos nuestra situación entre nervios y esperanza. Ella nos escuchó con atención y antes de irse nos dijo que regresarían en unos quince días. Cuando volvió junto a su equipo y nos confirmaron que recibiríamos ayuda, una enorme emoción nos llenó el corazón. Sentimos que Dios estaba obrando a través de esas manos solidarias. Con esa ayuda pudimos ahorrar para comprar semillas de cilantro, un pequeño comienzo pero lleno de significado.
Mi esposo, con los ojos brillantes, dijo:
—“Ahora sí podemos comenzar nuestro sueño”. Después de aquel momento tan especial, un joven de ADRA llegó para realizar una encuesta más detallada de nuestras necesidades.
Ese gesto
—el interés genuino por entender lo que atravesábamos
— nos hizo sentir escuchados, valorados y acompañados. Ya no estábamos solos. La ayuda llegó en el momento más crítico. Tenemos un niño de 5 años y un bebé de apenas 7 meses. Como madre, debía alimentarme bien para poder amamantar, pero muchas veces no era posible.
Había días en los que la desesperación y el miedo a no poder alimentar a mis hijos me quitaban el sueño. Sin embargo, esa visita y ese apoyo nos devolvieron la esperanza.
Hoy, gracias a esa semilla de solidaridad, mis hijos están más fuertes y saludables. Hemos podido darles un sustento digno y comenzar a trabajar por nuestro sueño de sembrar y sostenernos con lo que la tierra nos dé. Aunque todavía tenemos muchas necesidades, ahora nos sentimos llenos de gozo y motivados para seguir adelante.
Cada vez que vemos esas semillas germinar, recordamos
que alguien creyó en nosotros y que Dios obró a través de ADRA Venezuela para bendecir a nuestra familia.
De corazón, gracias a ADRA Venezuela. Su ayuda no solo llenó nuestra mesa, sino que fortaleció nuestra fe y nos devolvió la ilusión de un futuro mejor. Para nosotros, su apoyo fue la respuesta directa y milagrosa a nuestras oraciones.
